sábado, 20 de septiembre de 2014

Anatomía.

Tu cuerpo me recordaba
al cielo de Enero,
constelaciones de lunares,
que hablaban en morse.
Y tus hoyuelos sonreían,
cuando tu sonreías también.
Tus ojos avellana,
preocupados,
me miraban.
Tus labios, 
rosa pálido,
anhelaban calidez,
que con el tacto de mi fría piel
hacía a mi vello erizar.
Y fruncías tu ceño,
al oírme suspirar,
como si supieras 
lo que me rondaba la cabeza,
y quizá
te hiciste una idea.
Y te gustaba,
pellizcar tu piel,
cuando mencionaba 
lo oscuro que estaba el cielo.
Y sin poder decir nada más,
te miraba,
y, sonriendo, asentías,
dejándolo pasar.
Cada una de tus palabras 
indagaba más
en la llaga
que habías conseguido 
establecer
adentro,
en mi interior,
con cada palabra
o mirada.
Y yo,
como una tonta enamorada,
me fijé en tus nudillos
amoratados
que reflejaban la frustración,
de un amor imposible,
que tenía nombre y apellidos,
pero no eran los míos. 

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