sábado, 20 de septiembre de 2014

Anatomía.

Tu cuerpo me recordaba
al cielo de Enero,
constelaciones de lunares,
que hablaban en morse.
Y tus hoyuelos sonreían,
cuando tu sonreías también.
Tus ojos avellana,
preocupados,
me miraban.
Tus labios, 
rosa pálido,
anhelaban calidez,
que con el tacto de mi fría piel
hacía a mi vello erizar.
Y fruncías tu ceño,
al oírme suspirar,
como si supieras 
lo que me rondaba la cabeza,
y quizá
te hiciste una idea.
Y te gustaba,
pellizcar tu piel,
cuando mencionaba 
lo oscuro que estaba el cielo.
Y sin poder decir nada más,
te miraba,
y, sonriendo, asentías,
dejándolo pasar.
Cada una de tus palabras 
indagaba más
en la llaga
que habías conseguido 
establecer
adentro,
en mi interior,
con cada palabra
o mirada.
Y yo,
como una tonta enamorada,
me fijé en tus nudillos
amoratados
que reflejaban la frustración,
de un amor imposible,
que tenía nombre y apellidos,
pero no eran los míos. 

jueves, 4 de septiembre de 2014

Tu invierno.

Ambos vivíamos en un constante invierno; 
lo sé
por la manera en la que me hablabas, 
eligiendo las palabras con delicadeza y con mucha sensatez. 
También lo sé
por como era tu mirada,
gélida e impenetrable, 
como escondía miles de verdades
y como dolía cuando la sostenías.
Lo sé
por como escuchabas, asintiendo,
y como, 
después, 
respondías como un soplo de aire frío. 
Lo sé
en como intentabas ocultar tus manos bajo las mangas de tu jersey negro
y en como te temblaban los labios cuando te preguntaban tu estado. 
Lo sé, 
también, 
en como mirabas hacía el suelo, 
dejando que el vaho 
acompasara tus pensamientos. 
En como
reflexionabas en todo lo que decía,
mirando al cielo y suspirando. 
En como
me agarrabas la mano, 
con mucha fuerza, 
como si tuvieras miedo de que te soltara.
Creeme,
nunca tuve la intención de hacerlo.  
Me dí cuenta
de todo esto
poco antes de que te marcharas. 
De como todo tu interior estaba congelado,
de como te dolía cada pensamiento, 
cada susurro, 
cada movimiento. 
Como ya ni te molestabas
en saludarme.
Simplemente te ponías a mi lado, 
cada mañana, 
y echabamos a andar, 
sin decir ni una palabra. 
Es triste que,
después de tanto tiempo, 
me diera cuenta 
de todo esto,
mirando 
mi 
propio 
reflejo.

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